Acto III

Un camino pedregoso en la montaña. Los contrabandistas estaban esperando el momento justo para mover su contrabando más allá de la frontera. Entre José y Carmen las cosas se pusieron tensas. El estaba asustado por su madre. Ve a visitarla, dijo Carmen. Ella tomó un mazo de cartas de la fortuna de Frasquita y Mercedes, y en una mano predecía el futuro primero para ella y después para el. Los contrabandistas estaban listos. José tomo una posición de vigía sobre las rocas. En el medio de la actividad de contrabando, Micaela deambulaba por la montaña y cantaba una de las mas conmovedoras arias en la opera, “Je dis que rien ne m´epouvante” (no puedo permitir que hagan eso tengo miedo). Al no encontrar a José, ella se fue. Un disparo se escuchó. José había disparado, pero falló, a un intruso, que resultó ser Escamillo. Molesto al saber que el torero había venido por carmen, José lo retó a un duelo con cuchillos, y al estar el a merced del otro cuando los contrabandistas volvieron y separaron a los combatientes. Micaela tan bien volvió y le dijo a José que su madre estaba muriendo. En la distancia se escuchaba a Escamillo cantar desafiantemente. Micaela y José se fueron juntos. A una cuadra de la plaza de toros en Sevilla. Escamillo entró con Carmen en sus manos y entró al campo, pero ella se paró a un lado para esperar a otros amigos. Una mujer le advirtió a Carmen que José estaba oculto en la multitud. Ella le contesta sin miedo, “no soy cobarde”. Como en la cuadra estaba José dio un paso adelante, demacrado, zarrioso, desesperado. José le suplicó que se valla con el, pero ella dijo, nunca, ella amaba a Escamillo. Como ella quería subir corriendo las escaleras, José la tomo de la mano, y le clavó el cuchillo en su espalda, matándola justo cuando la multitud gozaba el triunfo del torero. José se entregó a la policía, después se lanzo en el cuerpo sin vida de Carmen.







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